Sobre un sendero
yace un escarabajo muerto.
Ha doblado con
cuidado sus tres pares de patitas sobre el vientre.
En lugar del caos de
la muerte –orden y esmero.
El horror de esta
imagen es moderado,
el alcance
estrictamente local, entre la grama y la menta.
La tristeza no
contamina.
El cielo es azul.
Para nuestra
tranquilidad su muerte es más superficial,
los animales no
fallecen, simplemente, se mueren
perdiendo –queremos
creerlo—menos sentimiento y menos mundo,
al abandonar
–pensamos—un escenario menos trágico.
Sus ánimas sumisas
no nos asustan de noche,
respetan la
distancia, saben qué es el rigor.
Y aquí está sobre
el sendero el escarabajo muerto,
en un estado no
lamentable brilla el sol.
Da lo mismo pensar
en él o mirarle:
no parece que le
haya pasado nada importante.
Lo importante,
dicen, sólo está unido a nosotros.
Sólo a nuestra
vida, sólo a nuestra muerte,
la muerte que se
regocija de su forzada primacía.

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