Los demás hablaban como si
la conversación fuese una danza.
Yo, campesina, iba a romper la ronda
con mis pies torpes.
Pronto aprendí
a agazaparme
junto a la puerta:
cuando la charla empezaba
me despintaba la boca escabulléndome
de nuevo al establo
con las cálidas bestias
muda entre los ruidos corporales
de los simples.
Veía
al agitarse el aire iluminado
las motas de oro
moviéndose de la sombra a la sombra
lentas en ese despertar
de suspiros serenos.
Las vacas
masticando o revolviéndose o quietas. Y yo
en casa y sola a la vez. Hasta que
el ángel súbito me aterrorizó – una luz que borró
mi rayo endeble,
un bosque de antorchas, plumas de fuego, chispas volando:
pero las vacas tranquilas
como siempre, y nada se incendiaba
excepto yo, cuando esa mano de fuego
tocó mis labios y abrasó mi lengua
y arrastró mi voz

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